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viernes, 16 de agosto de 2019

Rusia en declive y China en ascenso, las claves del triángulo China-Rusia-USA

  • Lejos de ser un socio igualitario, Rusia se está convirtiendo en un país tributario de China. 
  • A diferencia del siglo XVII, cuando Pedro el Grande veía a Europa como la fuente del progreso, Putin posiblemente pueda sostener que ahora el futuro le pertenece a China y a su sistema de capitalismo de Estado 

 


 

OPINIÓN / EXPERTOS.-Este es el triángulo amoroso de la política mundial. Desde la Segunda Guerra Mundial, China, Rusia y Estados Unidos han pasado de una sociedad a otra en repetidas ocasiones. La vinculación actual entre el presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el presidente de China, Xi Jinping, se consolidó en 2014 luego de la incorporación de Crimea a Rusia. En todos los casos, al parecer, el país que se quedó solo siempre tuvo que pagar el precio de cumplir exigencias militares y diplomáticas.

Esta vez es diferente. Pese a que Estados Unidos está fuera de la jugada, el precio lo está pagando principalmente Rusia. China controla todos los aspectos de la sociedad de los dos países.

Su economía es seis veces más grande (según la relación con el poder adquisitivo) y su poder va creciendo, incluso cuando el de Rusia se desvanece. Lo que parecía una forma excelente de que Putin le diera la espalda a Occidente y extendiera la influencia de Rusia está tomando la forma de una trampa de la cual su país tendrá dificultades para salir.


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Lejos de ser un socio igualitario, Rusia se está convirtiendo en un país tributario de China. Eso puede parecer un juicio severo. Rusia sigue siendo un Estado que tiene armas nucleares y un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Ha modernizado sus fuerzas armadas y, como lo ha hecho en Siria, no tiene miedo de utilizarlas.


Recientemente aviones de combate rusos y chinos realizaron, por primera vez, lo que pareció ser un patrullaje aéreo conjunto, provocando preocupación cuando Corea del Sur dijo que un aeroplano ruso había invadido su espacio aéreo. No obstante, la verdadera novedad es lo rápido que Rusia se está volviendo dependiente de su enorme vecino. China es un mercado indispensable para las materias primas rusas: Rosneft, la empresa petrolera nacional de Rusia, depende del financiamiento chino y está desviando su petróleo cada vez más hacia China.

Debido a que Rusia intenta sustraerse de la hegemonía del dólar, el yuan está pasando a formar una mayor parte de sus reservas de divisas (durante 2018, la participación del dólar se redujo a la mitad, por lo que quedó en 23 por ciento, mientras que la participación del yuan creció del tres al catorce por ciento).



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China abastece a Rusia de componentes esenciales para sus sistemas avanzados de armamento. Además, China es el proveedor del equipo de seguridad y de redes que necesita Putin para controlar a su pueblo. El mes pasado, Rusia firmó un acuerdo con Huawei, una empresa china de telecomunicaciones que no goza de la confianza de Estados Unidos, para desarrollar equipo 5G, lo cual establece sólidamente a Rusia en la mitad del internet que le corresponde a China.


Esto le conviene mucho a China. Esta desea una amistad perdurable con Rusia, aunque sea solo para asegurar su frontera norte, misma que fue escenario de conflictos en 1969 y un motivo de preocupación en la década de los noventa, cuando parecía que Rusia podría desviarse a la órbita de Occidente. Rusia también funge como un frente animoso en la campaña de China para minar las ideas occidentales de los derechos humanos y la democracia, que ambos países consideran una instigación a las "revoluciones de colores".

Putin puede esgrimir varios argumentos para asociarse con China, aparte de su hostilidad común hacia el proyecto liberal. Uno es la conveniencia. Las sanciones de Occidente —impuestas tras la anexión de Crimea, su intromisión en las elecciones estadounidenses en 2016 y el uso letal de un agente neurotóxico en el Reino Unido dos años después— han dejado a Rusia sin muchas opciones. Xi también ha protegido a Rusia en sus intervenciones militares en Siria y, hasta cierto punto, en Crimea.


Además, a diferencia del siglo XVII, cuando Pedro el Grande veía a Europa como la fuente del progreso, Putin posiblemente pueda sostener que ahora el futuro le pertenece a China y a su sistema de capitalismo de Estado.

Sin embargo, Putin está equivocado. Para empezar, la versión rusa del capitalismo de Estado es una licencia para captar rentas y minar la productividad para que el grupillo que lo rodea robe con libertad de las arcas del país, razón por la cual la inversión de China en Rusia es bastante restringida. También existe una contradicción entre la afirmación de Putin de estar recuperando la grandeza de Rusia y la realidad cada vez más evidente de su subordinación a China. Esto genera tensión en Asia Central.

Debido a que la estabilidad de la región es importante para la seguridad nacional de China —esta desea que Asia Central contenga el extremismo islámico—, el Ejército Popular de Liberación está apostando soldados en Tayikistán y realizando ejercicios militares ahí, sin consultar a Rusia.

Por otro lado, en cierto modo Rusia y China tienen objetivos diferentes. Existe un límite acerca de qué tanto están dispuestos a renunciar los rusos comunes y corrientes a las libertades de Occidente. Si el régimen se aferra al poder por medio de la tecnología china, alimentará el enojo popular hacia China y sus clientes rusos.

¿Quién puede decir cuándo aparecerán las tensiones? Imaginemos que Putin decide retirarse en 2024, cuando la Constitución dice que debe hacerlo, y que su sucesor intenta subrayar el cambio alejando a Rusia de China y virando hacia Europa. Solo entonces se sabrá qué tanta es la influencia de China y cuánta presión está dispuesta a ejercer para mantener su control. Tal vez el próximo presidente ruso descubra que el país ha perdido su margen de maniobra.

¿Esto significa que el resto del mundo —en especial Occidente— debe intentar sacar a Rusia del dominio de China antes de que sea demasiado tarde? Esa idea tentará a los diplomáticos y a los analistas que creen que Rusia es demasiado importante como para perderla.

Pero parece poco probable. En la actualidad, Estados Unidos no padece por la alineación de Xi y Putin como lo habría hecho durante la Guerra Fría. Pese a que Rusia y China sí atentan contra el concepto occidental de los valores universales, con el presidente Donald Trump en la Casa Blanca, esa doctrina, por desgracia, de todos modos, casi no se está aplicando de manera universal.

Más aún, la influencia de China sobre Rusia tiene sus compensaciones. Una potencia en declive enojada, como Rusia, es peligrosa; puede verse tentada a reaccionar con agresividad para demostrar que todavía es una potencia que hay que considerar, e intimidar a Bielorrusia, por ejemplo, o avivar los viejos temores de la expansión de China a Siberia. Sin embargo, China no quiere involucrarse en crisis internacionales, a menos que sean de su propia invención.

Como socia de Rusia, China puede ofrecer seguridad en su frontera común y moderar los excesos de Rusia en todo el mundo. En vez de recriminar a Rusia o intentar atraerla de nuevo, Occidente debe hacer notar su subordinación y esperar. Tarde o temprano, un presidente Alexéi Navalny, o alguien como él, va a volver a mirar hacia el oeste. Será entonces cuando Rusia va a necesitar más ayuda de Occidente. Y será entonces cuando quien esté en el Despacho Oval deberá emular a Nixon, e ir a Moscú.





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